¡MAS TURISMO QUE ES LA GUERRA!
Federico Aguilera Klink
La lógica con la que se mueve la economía
del turismo en Lanzarote, igual que en el resto de Canarias, recuerda a la
lógica que aplicaba Groucho Marx, en el lejano Oeste, para mantener en
funcionamiento su locomotora en aquella delirante carrera. Así como Groucho
decide ir destrozando los vagones del tren para utilizarlos como combustible en
la caldera de la locomotora, aquí se aplica desde hace tiempo la misma lógica
con cada isla. La locomotora del crecimiento turístico y de la masificación va
destrozando de manera imparable el tren formado por las islas-vagones
quemándolos, día a día, en esa caldera voraz de la lógica económica del seudo
progreso hacia ninguna parte.
La diferencia consiste en que Groucho tenía
un objetivo muy claro, que era el de alcanzar al estafador que llevaba la
escritura de la mina, mientras que en Lanzarote, Reserva (o Mina) de la
Biosfera, la locomotora se alimenta de esa supuesta Reserva mientras corre en
beneficio de unos pocos, ignorando todos los costes sociales y ambientales. Es
más, sabemos que estamos deteriorando y agotando la Mina de manera totalmente
irreversible, aunque este agotamiento se disfraza con la exhibición de unos
números llamados indicadores de crecimiento, a modo de tótems mágicos, cuyo
objetivo consiste en convencer a la gente de que ignore la realidad que ve y de
que tenga fe en esos indicadores, en el sentido de que crea que ve una realidad
diferente. El problema es que esos indicadores son considerados científicos por
el hecho de sugerir que más equivale a mejor y porque algunos de ellos son
expresados en términos monetarios pero, como ha indicado con gran lucidez y
sentido del humor Donella Meadows, tratar de conducir la economía con los
indicadores actuales es como si estuviéramos conduciendo con el parabrisas
empañado y confiando en un pasajero borracho para que nos dé indicaciones sobre
la carretera.
No
es ajena a la consolidación de esa fe el destacado papel que juegan algunos
políticos cuya tarea consiste, en
principio, en la protección del territorio y del medio ambiente pero que, en la
práctica y siendo conscientes de que lo que influye en la actitud del público
es la insistencia y la reiteración en lugar del razonamiento, transforman esa tarea
en una encendida defensa del crecimiento “argumentando” su compatibilidad
ambiental y ecológica así como su necesidad para elevar el nivel de vida de los
canarios. Así pues, somos tan desagradecidos que no nos damos cuenta que todo
lo hacen por nosotros. A lo anterior se añade el entusiasmo con el que saludan
los medios de comunicación la construcción de nuevos hoteles de cientos de
camas y las inversiones de miles de millones ignorando, deliberadamente, que la
condición previa para que realmente exista progreso social consiste en que la
gente sea consciente y se convenza de que existen muchas alternativas factibles
para la política actual, alternativas que ofrecen una amplia gama de elección
en el más vital de los aspectos que afectan a su bienestar: el propio medio
ambiente físico en el que viven y trabajan.
Pero en lugar de abrir el debate sobre las
alternativas factibles que existen, debate que permitiría, además, profundizar
en la práctica de la democracia cotidiana, consolidándola, el único mensaje que
llega con reiteración es el de la descalificación, como utópicos, de aquellos
que cuestionamos ese crecimiento, dejando de lado que lo realmente utópico es
pensar que podemos seguir creciendo como hasta ahora. Da igual que ese
cuestionamiento sea solidamente razonado y argumentado pues, por definición,
sólo cuentan como razones y argumentos aceptados aquellos que defienden el
crecimiento y que contribuyen a mantener la maquinaria económica en constante
funcionamiento, con independencia de su aportación al bienestar de las
personas. La conclusión es clara, si la economía crece todo va bien, así es que
no es necesario preguntarse a costa de qué crece, cual es el coste real que se
está pagando por crecer, ni cómo se distribuyen los ingresos generados por ese
crecimiento.
En definitiva, el único objetivo válido,
bendecido por políticos y empresarios, en este lejano Oeste del turismo que es
Canarias, consiste en el crecimiento turístico, es decir, en que la locomotora
corra cada vez más y en que nunca se pare. Más, significa más vuelos con más
turistas, que necesitan más hoteles y apartamentos, que utilizan más coches de
alquiler, que generan más residuos, que provocan más congestión, que “consumen”
más espacios naturales y que necesitan más y más y más ...combustible para la
locomotora. Y ese combustible no es otro que el deterioro continuado de cada
isla porque, en el fondo - cuando nos atrevemos a reconocer de verdad qué es lo que está pasando y
apartamos las ramas y flores de plástico que constituyen las declaraciones tan
rimbombantes como inútiles de espacio natural protegido o de Reserva de la
Biosfera, entre otras – lo que vemos es que cada isla es considerada
simplemente como un vagón más de madera que puede ser utilizado como
combustible inmediatamente o como un simple solar al que los
fogoneros-promotores-especuladores están deseando urbanizar o “desarrollar”.
Sin embargo, la realidad es incontestable, el crecimiento turístico sólo es
posible porque el precio que pagan los turistas por sus desplazamientos,
incluido el transporte en avión, es mucho menor que los costes sociales
inconmensurables que generan esos desplazamientos y que habitualmente son
ignorados aunque, a veces, se intentan financiar con fondos públicos lo que,
paradójicamente, exige un mayor crecimiento del turismo que aporte esos fondos.
Porque hemos pasado de una situación en la
que el turismo era una actividad que estaba al servicio de la isla, lo que
permitía mejorar personalmente o financiar la construcción de ciertas
infraestructuras colectivas de carácter básico, a otra situación en la que la isla está por completo al servicio
del turismo y acaba destruyéndose y destruyéndolo sin que se resuelvan los
problemas que los ingresos obtenidos gracias al turismo habrían podido resolver.
De hecho nos enfrentamos a la tremenda obviedad de que cuanto más crece la
economía ligada al turismo, dicho crecimiento genera nuevos y acuciantes problemas cuya solución real no es otra que
la disminución del crecimiento de ese turismo pero cuya solución aparente y
políticamente aceptada requiere más crecimiento del turismo para poder
financiar esas soluciones. Obviamente, al final resulta que toda solución lleva
su problema incorporado por lo que la espiral crecimiento
turístico-problemas-soluciones-crecimiento turístico-problemas nunca tiene fin.
En suma, la locomotora turística devora al turismo y a las islas en tanto que
espacios sociales convirtiéndolas simplemente en espacios comerciales y en
espacios de conflictos cada vez más agudos e irresolubles desde la lógica del
crecimiento turístico.
La prueba consiste en que se han construido
cientos de hoteles y miles de apartamentos, recibiendo a millones de turistas y
generándose unos ingresos de miles y miles de millones, se han construido
nuevos puertos, aeropuertos y carreteras, pero
nunca es suficiente. Hay que mantener la locomotora en marcha y seguir
trayendo más turistas y construyendo más hoteles y apartamentos, ampliando los
puertos y los aeropuertos para, finalmente, convertir el territorio insular en
un inmenso y masificado aparcamiento de personas y de automóviles, razón
destacada por muchos turistas para no
repetir su visita a la isla. ¿Cuántos turistas más tendrán que venir para que
primen realmente los intereses colectivos sobre los individuales?